Pensemos en un aula. Nos puede servir cualquiera de las aulas en las que hemos estado durante todo nuestro recorrido por la educación. ¿Qué vemos en un aula?

Pupitres individuales. Paredes blancas o simplemente claras. Una puerta cerrada. Todos los pupitres mirando hacia una pizarra. Junto a la pizarra, la mesa del maestro. Bajo la mesa del maestro, una tarima que la eleva por encima del resto de mesas de la clase y que llega hasta el final opuesto de la pizarra. Sillas no demasiado cómodas. Salvo la del profesor, que suele tener acolchado aunque, curiosamente no suele sentarse en ella...

Todo lo que encontramos en esas aulas, está pensado para la individualidad. ¿Y eso por qué? Si a menudo los alumnos trabajan mejor en grupo, ¿No mes verdad?
Estamos anclados en lo que se conoce como "Educación industrial". Pupitres alineados, símbolos todo el tiempo que recalcan que el maestro está por encima del alumno, normas de total silencio y comportamiento correcto... Esta educación industrial es tan estática y fija que es lógico que ir al colegio resulte una obligación aburrida para los alumnos, tanto por el entorno como por la dinámica de las clases.
Es por esto que existe lo que llamamos "Educación artesana", en la que el espacio educativo se convierte en un lugar de relación-emoción y el aburrimiento es sustituido por la pasión. Además, esta trata de fomentar tanto el trabajo individual como el trabajo en grupo. Y sí, con el simple hecho de modificar el espacio, se pueden lograr cambios y mejoras en la educación.
Hablamos también de lo que se conoce como espacio Co-Working, en el que lo ideal sería que el número de asistentes fuera relativamente reducido para facilitar la relación-emoción. Supone un equilibrio entre alumno y profesor y se propone la ruptura de algunas normas como son el introducir comida en el aula y el fomento del murmullo. Cuanta más confianza, más comodidad y más complicidad consigamos, más fluida y efectiva será la tarea del aprendizaje.
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